Educar en el esfuerzo genera esclavos, per Pablo López Cobo

Pablo López Cobo, licenciado en filosofía y especializado en la investigación filosófica. Formado también en psicología humanista, docencia, teatroterapia y meditación. Cabe decir que le entusiasma la revolución, pero no la de las armas sino la de l’enfant…

Autor del llibre Tripalium. Desmontando el mito del esfuerzo:

http://librotripalium.wixsite.com/tripalium

Educar en el esfuerzo genera esclavos

Es fácil y común criticar el modelo educativo de nuestra sociedad. Es evidente que algo no funciona. Pero ¿y si lo que falla va más allá del programa educativo concreto de este o aquel partido político? ¿Y si resulta que la raíz del problema se encuentra en uno de los pilares de nuestra cultura? Hablo del renombrado “Esfuerzo”, esa lección que tanto se nos ha insistido en aprender, no solo en referencia a la educación sino como medio para alcanzar cualquier objetivo en nuestra vida. ¿Y si descubriésemos que actuar desde el esfuerzo no solo es prescindible sino que de hecho es perjudicial?

En el presente artículo mi objetivo es cuestionar el esfuerzo como base fundamental de la educación y en general de la acción humana.

Piensa en esto: cuando tienes que levantarte temprano para hacer algo que te entusiasma ni siquiera necesitas poner el despertador. Antes de que llegue la hora ya estás predispuesto a ponerte en acción y casi no te cuesta trabajo levantarte. Te despiertas pensando en lo que vas a hacer y ese entusiasmo hace que apenas te cueste esfuerzo. Sin embargo cuando tienes que despertarte temprano para hacer algo que en absoluto te motiva te faltan despertadores para abrir los ojos, te levantas de la cama con una sensación horrible.

Curiosamente, cuando haces algo que te entusiasma el cansancio no es un impedimento, sino que desaparece; si estás suficientemente motivado se te olvida comer y se te olvida dormir.

Desgraciadamente estamos muy acostumbrados a este tipo de situaciones en las que la desidia, o la pereza, o simplemente el “no quiero”, nos invaden y nos hacen sufrir. Para sobrellevar esto, lo que normalmente hacemos es intentar motivarnos. Echamos mano de nuestra fuerza de voluntad y nos decimos: “Venga, tú puedes, levántate”. Quizás estemos demasiado acostumbrados a este tipo de situaciones, y también demasiado acostumbrados a reaccionar de esa manera, desde el esfuerzo. Y quizás estemos demasiado poco acostumbrados a pararnos y preguntarnos por qué, por qué me cuesta tanto levantarme, por qué sufro tanto para hacer algunas cosas y en cambio otras las hago sin esfuerzo, por qué doy tanta importancia a esas cosas que tanto me cuestan y dejo lo que realmente me gusta para el tiempo libre.

En ese tipo de situaciones en que no podemos tirar de nosotros mismos echamos la culpa a la falta de energía. Pensamos que no hemos dormido o descansado suficiente, o que se trata de un problema de salud, y solucionamos esa falta de motivación con un café. Puede ser, en algunos casos, que necesitemos descansar, pero el problema al que aquí nos enfrentamos va más allá.

Curiosamente, cuando haces algo que te entusiasma el cansancio no es un impedimento, sino que desaparece; cuando haces algo que te encanta te encuentras en constante movimiento y no paras de hacer cosas, como si estuvieses lleno de energía. Si estás suficientemente motivado se te olvida comer y se te olvida dormir. Una especie de fuente de energía inagotable nos alimenta y nos mantiene en movimiento, desterrando cualquier resquicio de desidia o pereza. Estamos entusiasmados.

La palabra entusiasmo viene del griego enthousiasmos, que significa “inspiración divina” o “poseído por una entidad superior”. Entusiasmado está aquel que parece movilizado por un impulso que es más grande que él, un dinamismo que le envuelve y le mantiene activo. Es sorprendente ver la cantidad de horas y dedicación que ciertas personas vuelcan sobre ciertos proyectos o actividades. Si les preguntamos “¿no te cansas?”, estas personas suelen responder “es que me encanta hacerlo”.

Llega un punto, en medio de ese movimiento, de ese entusiasmo, en que piensas: “Creo que tengo que descansar porque llevo muchas horas sin parar”. Y curiosamente cuando haces algo que no te entusiasma, dices: “Tengo que forzarme a moverme”, independientemente de que estés cansado o no. Por lo tanto el hecho de estar o no cansado físicamente no es lo que determina que sientas pereza o desidia, ni tampoco es lo que determina que te encuentres más o menos motivado o entusiasmado.

Desgraciadamente muchos de los proyectos que nos mantienen ocupados diariamente se hacen desde el esfuerzo. Son proyectos que, lejos de motivarnos, producen en nosotros una desagradable sensación de abulia.

¿Dónde está el matiz que marca la diferencia entre los casos en los que tengo que enfrentarme a la pereza y aquellos en los que ocurre todo lo contrario, aquellos casos en los que no me cuesta esfuerzo hacer las cosas?

El matiz es la motivación. La palabra motivación viene del latín motivus (movimiento). Cuando algo me motiva es porque produce movimiento en mí, me impulsa a moverme. Cuando algo me motiva lo suficiente podemos decir que me entusiasma. La motivación es la base de la acción, el motor natural de la acción en el ser humano. El ser humano se moviliza de forma natural en torno a proyectos que le gustan, y no en torno a proyectos que hace por obligación.

El ser humano construye constantemente proyectos: proyectos laborales, proyectos de pareja, proyectos de amistad, proyectos de aprendizaje, etc. Utilizando la palabra proyecto en un sentido amplio. Un trabajo es un proyecto, un grupo de música es un proyecto, mi relación con mi hermano es un proyecto, incluso dar un paseo es un proyecto. Un proyecto es una planificación en torno a determinados objetivos.

Desgraciadamente muchos de los proyectos que nos mantienen ocupados diariamente se hacen desde el esfuerzo. Son proyectos que, lejos de motivarnos, producen en nosotros una desagradable sensación de abulia. Esa desidia, pereza e inacción a la que estamos acostumbrados tienen raíces profundas. Nuestro cuerpo a veces nos pide y suplica que no le obliguemos a hacer algo para lo cual no está motivado, y esta súplica no la hace por capricho, sino que tiene algo que decirnos, y debemos escucharlo. Tenemos el problema de que no nos han enseñado a escucharnos a nosotros mismos.

Un ejemplo:

Pensemos en una persona que se ha propuesto hacer la carrera de empresariales. A esa persona la carrera no le gusta casi nada, pero la ha elegido porque piensa que será buena para su futuro, y además sabe que estudiándola tendrá a su padre contento, el cual se queda tranquilo pensando que su hijo está haciendo una carrera de “provecho”. Este individuo lleva a cabo su proyecto sin ninguna motivación, y puesto que lo que hace no le mueve en absoluto se ve obligado a echar mano constantemente de un motor de movimiento alternativo a sus propias motivaciones. Este motor de movimiento es su propia fuerza de voluntad. Se obliga a sí mismo a llevar a cabo su proyecto desde el esfuerzo. Se encuentra en una lucha constante consigo mismo. “Hay que hacerlo”, “es bueno para mi futuro” o “el que no se esfuerza es un vago”, etc. Ha sido educado para no escucharse, no escuchar su cuerpo cuando le habla a través de la sensación de desidia e inconformidad.

La norma es:

“Para llegar a ser alguien con valor tienes que esforzarte en tus obligaciones, aunque no te gusten ni te motiven, porque será bueno para ti en el futuro”.

Cuando uno entiende hasta qué punto este tipo de “lecciones” bajo las que hemos sido domesticados pueden llegar a hacer daño a las personas no puede sentir más que pura pena. Las personas responsables de nuestra educación tal vez nos educaron con toda la buena intención, pero a veces de las mejores intenciones surgen las mayores desgracias. Ha llegado la hora de cuestionar dichas lecciones y reformular nuestro modo de ver el mundo.

¿Dónde hemos dejado olvidadas nuestras motivaciones? ¿Hace tiempo que dejamos atrás los sueños, los que nos mueven de forma natural, y no a través del esfuerzo?

Ante estas reflexiones se abren muchas preguntas, pero lo que está claro es que no podemos seguir hacia delante sin cuestionar el papel que el esfuerzo ocupa en nuestra vida. Es imposible que se dé un empoderamiento real en las personas si no conseguimos conectar con nuestra manera natural de actuar, si seguimos dando valor únicamente al hacer forzado.